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La Bruja Mandarina
Descripción
La bruja mandarina no prepara pociones para espantar a nadie:diseña hechizos para crear disfraces. En su taller, entre cintas de medir, frascos de colores y una bola de cristal, trabaja acompañada por un esqueleto de sombrero de copa mientras alguien la observa desde la ventana. Es un pájaro que no tiene disfraz y que se muere de ganas de tener uno.
La bruja siente su corazón y pone manos a la obra. Huellas de toro, plumas de pato, tela de araña, ojo derecho del escorpión, lengua de víbora, babas de sapo, pata de rana, uña de tigre, canto del tero y alas de mosca: la receta avanza y la magia responde de a poco, prenda por prenda. Salen los zapatos, aparece el pantalón, llega la polera y, por fin, el sombrero. Cada hechizo es una sorpresa que quien lee aprende a anticipar, porque la estructura acumulativa va marcando el ritmo.
Con el disfraz ya terminado, el pájaro descubre que algo falta. Un traje colorido no sirve de nada si no hay dónde lucirlo, y esa certeza lo entristece. Entonces la bruja hace su hechizo más grande: entre hechizo y hechizo, en un tris tras, crea también la fiesta para ese disfraz.